14 nov 2011

Aguatacaminos/Chotacabras (cap. 7)


Capítulo VII

Cuando “la tía Cristina” me propuso  vivir con ellos ambos quedaron en silencio mirándome, conteniendo la respiración, el gran bocado que tenía en la boca se quedó a un lado haciendo una bola de comida en mi mejilla. Lo habían estado pensado desde hace algún tiempo,  no tenían hijos y me habían tomado mucho cariño, trague sin masticar lo que me causo un dolor en la espalda muy fuerte al sentir la comida bajar hacia mi estomago, no pude disimular ese dolor, en un principio ellos pensaron que era una mueca de desaprobación. Lo primero que  pensé era que necesitaban a alguien que les ayudara con los quehaceres de la casa, quizás necesitaban pintarla, la verdad las paredes estaban bastante descuidadas y con la pintura desconchada en varias partes, cuando les pregunte qué es lo que querían que yo hiciera, se quedaron inmóviles, y me respondió el viejo con otra pregunta.

-¿Hacer de qué?
- Aquí en su casa!

- No te pedimos que vengai a ser servicio, Santiago (me dijo el viejo), te estamos pidiendo que vengai a vivir con nosotros, que seái de la familia.

-  Yo?, ¿Y no tengo que hacer mas nada?
- Tendríai que hacer lo que hacen toda la gente de tu edad
- Y lo  del mercado?
- Eso lo que dejarías. 

Lo primero que pensé es que la familia se vería rara ya que soy negro y ellos con tanta falta de color, se me ocurrió preguntar:

- Tengo que hacer la comía?

Estallaron en risas y me dijeron que no, además que ellos jamás se comerían una de esas arepas que era una comida horrible, tiempo después tuve la oportunidad de  reclamárselo al viejo ya que más de una vez cuando íbamos juntos a Caracas, al llegar al terminal del nuevo circo lo primero que buscaba era una arepera para devorarse sendas y gordas arepas bien resueltas.
No regresaría mas al ambiente del mercado, además la vieja Cristina evitó desde ese momento y en adelante pasar cerca de ese mercado nuevamente, tenían temor que yo quisiera regresar a esa vida, la verdad a mí también me daba cierto temor regresar.
Fue en ese mismo mercado un año antes de la propuesta de hacer familia con los viejos que la vi por primera vez, se veía desorientada y con mucho calor, se daba uno cuenta inmediatamente que no era de aqui, cargaba  tantas bolsas que ya no se las podía, en ese momento deje de descargar guacales de frutas y me fui caminando directamente a ella.

- ¿Qué fue mi doña quiere ayuda?
- Hay m´hijito algo de ayuda si me haría falta               .

En lo que empecé a cargar las bolsas de ella, llegaron tres de mis “colegas”, más que trataban de quitarme las bolsas de las manos para ganarse ellos la propina,  diciéndole:

-       Yo se la llevo doñita…!

 Bastó una mirada mía para que comprendieran que no me dejaría quitar “el cliente”, se retiraron como si alguien los hubiera regañado, aunque ella no se dio cuenta de tal acontecimiento.    
Me pidió que la encaminara por la calle hacia arriba un poco más lejos del bullicio del mercado donde podría parar un taxi, le deje las bolsas en el piso y me  fui rápidamente a buscar un taxi o un por puesto vacio que quisiera hacerle la carrera, cuando la pude subir al taxi, lo hizo, dándome las gracias y absolutamente nada “pa´ los frescos”, al regresar donde estaban los demás “colegas” estos se burlaron de mi en coro de risas, por no haber conseguido nada de esa “vieja pichirre”, no dije nada ni justifique tampoco, esperaría a que ella regresara al mercado para ayudarla nuevamente, aunque no me hubiera dado nada a lo mejor en algún momento me daría.   
En la tercera o cuarta vez de llevarle las bolsas a la señora “pichirre”, me preguntó si quería comer, pensé,  me daría por fin algo de dinero, sin dudarlo le dije que  si, pero en vez de sacar su monedero se echo a un lado en el asiento del taxi y me dijo “ven”, con algo de resistencia me subí, ella le dio la indicación al taxista para que nos llevara a Unare, en el camino comenzó la preguntadera.

- Trabajai siempre en el mercao?
- Si
- Y cuanto ganai , más o menos?
- Saco pal día doñita, (jamás revelaba lo que sacaba).
-  Ya poh , pero más o menos cuanto  es eso?
-  Mas o menos quinientos bolívares doñita.

Levantó las cejas para que me diera cuenta que sabía que mentía, pero  tenía que decirle algo ya que era muy directa e insistente.
Llegamos hasta la esquina caliente de Unare, allí avanzamos en dirección al mercado de Unare pensé que era muy extraño esta señora sin carro fuera los domingos a comprar al mercado de Puerto Ordaz que le queda tan lejos .Antes de poder preguntarle me esbozo una excusa sobre la calidad de la verdura en puerto Ordaz que no me satisfizo, reste importancia a ese detalle, al llegar estaba esperando en la puerta de la casa, un hombre de mediana estatura hombros anchos cabello gris una lipa grandísima y pantalones que le llegaban más arriba de la cintura, camisa a cuadros  de manga corta, cerrada hasta el cuello, unos lentes de pasta de  negra, abrió los brazos cuando vio a la mujer,  ella le susurro algo al oído y me miro con picardía , como para que me diera cuenta que estaban hablando de mí, me dijo el viejo:

- Así que tu eres el famosísimo muchacho de mercado!

Asentí con la cabeza, con  mucha la desconfianza y no lo disimulaba.
Fui a comer donde los “viejos chilenos” varios domingos, la mayoría de esas veces comían siempre las mismas empanadas, que me gustan muchísimo,  el viejo siempre con una cerveza, la vieja y yo siempre con Coca Cola; esos almuerzos se empezaron a repetir los domingos, después también los sábados, incluso algunos días de semana, a veces con tan absurdas excusas, ya que la vieja iba un miércoles al mercado a comprar un pimentón que le falto para el guiso.
Con el pasar de las semanas era costumbre incluso desayunar con ellos, usaba el baño, la “tía Cristina” me lavaba la ropa, realmente ya casi vivía con ellos así que eso de aceptar vivir con ellos realmente fue un formalismo, para ese entonces yo tenía 15 años y había abandonado la escuela en sexto grado, cuando deje de frecuentar las casas de cuido. El viejo me dijo que no era necesario dar parte a nadie de la “adopción”, la verdad es que esos trámites demoraban mucho y hubiera existido alguna intervención estatal que hubiera complicado más las cosas, yo estaba a pocos años de mi mayoría de edad por eso tampoco comprendía bien el por qué de esa “adopción”  y sin nada a cambio.  
Él estaba más entusiasmado que yo el día que fuimos al Centro Comercial Zulia, donde había un instituto de libre escolaridad para hacer en poco tiempo la secundaria, las verdad en un principio me choco el perfil  de los alumnos, tan diferentes a mí, vestían siempre como si fueran a una fiesta, muchos de ellos iban a lucir sus carros y parecían siempre preocupados de la marca de los zapatos.
 Me hubiera gustado vestirme como ellos, pero el viejo me compraba también la ropa, y la verdad bastaba con cualquier par de zapatos y  un plato de comida, además, parecía que mi vida ya no fuera mía, estaba planificada por el viejo incluso mi manera de vestir, que no era “a la moda” pero era ropa, no me molestaba, me agradaba dejarme cuidar por él, me llevaba a mis asesorías mientras me esperaba en el mismo cafetín donde los demás alumnos pasaban la mañana, al salir  ya estaba de pie en la parte de abajo de las escaleras. Al llegar  a la tienda  reforzaba esas explicaciones, todas las veces sin excepción, me explicaba mas allá de lo que saldría en esos exámenes,bastante fáciles cabe decirlo, el se había puesto en la cabeza que sacaría el bachillerato.   
Me encantaban las explicaciones de historia,  compraba libros escolares que fueran acorde con las mediocres guías y reforzaba con muchísimo empeño no solo lo que decían los libros sino también la “verdad”  de lo que ocurrió en esos hechos, solía restarle importancia a hechos heroicos de personajes de la historia, realmente no tenían tal merito que se les daba en los libros. Como la mayor parte de la historia se basa  en los actos heroicos de guerras, él solía detenerse y me explicaba, la verdadera razón y motivos de esas guerras, conquistas y “liberaciones”, además siempre culminaba diciéndome: los militares que gobiernan jamás podrían ser de izquierda. Derivaba la explicación y  se extendía por horas explicándome cómo es que Perón había logrado tal poder popular  y como se evidenció esa trampa de la ideología cuando después de depuesto se refugió primero con Marcos Pérez Jiménez  acá en Venezuela y después con Franco en España; me enseño el golpe de estado en Chile, a todos sus actores y de cómo Pinochet a última hora se había sumado a un  golpe que todos sabían que vendría en cualquier momento ,yo le escuchaba con atención y preguntaba cosas que me aclaraban cada vez más el motivo de las dictaduras latinoamericanas,  me las repetía una y otra vez, me entretenían las explicaciones y la pasión que ponía el viejo en  narrar los hechos, siempre y sin ninguna excepción, terminaban igual y se autocriticaba diciéndome que el sí podría haber continuado con sus estudios, de haberlo querido, “porque para no culminar lo que se empieza  siempre existiría una  buena excusa”, y siempre que hablaba de eso me contaba de un ave que tiene la ventaja de tenerlo todo en contra, pero así y todo siempre sale adelante, aunque los predadores se coman sus huevos y anidara en sitios muy visibles siempre por lo menos una vez al año lograba sacar adelante un nido. 

- Solo se sale adelante con perseverancia negro, no importa lo que tengai a favor o tengai en contra, si no tenis perseverancia nunca salis adelante!

 Me repetía siempre lo mismo al final de las horas que  me dedicaba para mis estudios y juntaba ese pensamiento del ave a una explicación de matemáticas, o de química y sobre todo de historia, cuando la historia  del pajarito comenzaba,   sabía que ese día de estudio estaba por terminar.
El bus hizo la parada en Ciudad Bolívar en el terminal donde se bajo una cantidad de personas y subieron otras pocas, las ganas de llegar se habían transformado en urgencia, el ejercicio de recordar como si fuera una película durante toda la noche se interrumpió en esa parada, quedaba una hora de camino hasta entrar a Puerto Ordaz pero ni un nuevo intento pudo distraerme de el ansia de llegar por la proximidad en la que estábamos, la hora de viaje se hacía más larga y mas interminable con cada kilometro que avanzaba el bus, la primera parada improvisada que hacia el bus en la “Redoma de la Piña” esperaba que nadie se bajara o que los interesados en bajarse estuvieran dormidos, el breve camino desde esa redoma hasta “los bomberos de Unare” me resultaba más larga y demoraba más que los cien kilómetros desde Ciudad Bolívar, mucho antes de llegar yo estaba de pie al lado del chofer diciendo que mi parada es en “Los Bomberos”, se lo repetí siete veces antes de llegar, si  me quedaba dormido tendría que esperar hasta llegar a el centro de Puerto Ordaz, en el banco de Venezuela, y si me llegaba a quedar dormido del todo, como una vez sucedió tendría que esperar hasta que el bus llegase al terminal de San Félix, y allí el chofer se encargaría de despertarme porque el bus ya no seguiría mas allá.
El bus partió y me encontré de pie con mucho sueño sobre mis hombros sumado a los dos bolsos de ropa que llevaba, camine hasta la avenida  donde justo al llegar vi pasar una buseta que me dejo en el Supermercado que indicaba el inicio de la avenida que daría a la  “Esquina Caliente, al bajarme sentí los olores que me indicaban que estaba en casa, en cada regreso, encontraba algo diferente o un toldo nuevo en un negocio o alguna casa pintada, no encontré a ninguna persona con quien intercambiar saludos, solo pude caminar y aliviar esa impaciencia de apresurar el paso hacia casa, realmente era una casa grande, los dueños habían dividido una parte para alquilar que era casa, y la otra que era la tienda , el viejo pagaba dos alquileres por el sitio donde vivía y trabajaba.          
Al llegar vi la tienda acomodada pero sin ningún instrumento en exposición, diría que normal a no ser por los estantes sin vidrios, y la ventana tapiada por unas tablas que entre algunas rendijas me dejaron ver hacia adentro.  
Di la vuelta por la tienda para tocar la puerta de entrada, los viejos no sabían que yo iría así que no me estaban esperando, no toque la puerta de latón,  solo me quede esperando a ver si escuchaba algo dentro de casa, que me dijera que todo estaba bien y como siempre.       
No escuche nada, tampoco sentí olor a pan tostado que la vieja solía hacer por las mañanas, toque la puerta, como siempre me quede esperando que la vieja se asomara por la ventana de la casa, agachando un poco la cabeza, sujetando las cortinas con la mano,  quizás se asustaría que estuviera ahí y sin avisar, pero nadie salió, volví a tocar, el silencio me lleno de incertidumbre, nunca había sucedido eso, siempre que tocaba la puerta de casa (aun cuando todavía no vivía en ella) estaba ahí, uno de los dos, por eso jamás necesite llaves para entrar, después de unos quince minutos de estar fuera de casa sin saber que hacer vi salir a la vecina Aida, (las llamadas eran a su casa ya  que era ella quien tenía teléfono).

-       M´hijo ¡ ¿y tú cuando llegaste?
-       Acabo de llegar vecina.
-       ¿La vecina te llamo pa´ que vinieras?
-       No vecina,  ellos no saben que yo venía, ¿usté sabe donde están?
-       Hay m´hijo (me dijo con ojos llenándose de lagrimas) no sabes nada!
-       ¿Qué paso aquí?; ¿Dónde están?; ¿están bien?
-       El Profe se sintió mal anoche, (Aida tuvo a sus dos hijos en clases de música con el viejo y se acostumbro a decirle como le decían los niños) y la vecina se lo llevo en taxi al hospital.
-       ¿En donde están?
-       En el Uyapar,  (Hospital Uyapar).

A pesar que la vecina Aida me había ofrecido que desayunara primero en su casa no quise, solo le pedí que me abriera la casa para dejar  los bolsos, (ella tenía una llave de casa) insistió  que le dejara los bolsos en casa de ella pero es que necesitaba usar el baño antes de salir al hospital, la vi tan titubeante que me asuste, la hice a un lado ya que no quiso darme las llaves,  en la mesa del comedor adivinaba un montón de instrumentos de la tienda tapados por unas sabanas, me extraño demasiado, al quitar las sabanas me di cuenta de lo que los viejos me escondieron y no habían querido decirme al teléfono, estaban la mayoría de los instrumentos de la tienda demasiado rotos o abollados como para que fueran de utilidad, me invadió un sentimiento de vacío, no me recuperé de mi estupor cuando me doy cuenta que la vecina está detrás mío llorando  y me dice entre sollozos:

-M´hijo esto fue bien feo.
- La misma gente que vive aquí.
-¿Quién?
- Los vecinos casi todos los que viven aquí mismito enfrente y los de los otros bloques también, vinieron en montón a desvalijar la tienda, lo único que quedo es esto, lo demás la mayoría ni siquiera se lo llevaron casi toó  lo rompieron.
- ¿Y a mis viejos, les hicieron algo?

Sentía  el calor de la ira empezar a subir a mi cabeza y calentaba mis orejas, me dejaba un sabor  a sangre en la boca.

-       A ellos los dejaron tranquilos, pero es que la gente se había vuelto loca.

Mire hacia los bloques con odio, apretando dientes y puños, me voltee hacia la vecina y le pedí que me acompañara al hospital, yo tenía dinero en efectivo para pagar el taxi, no costó mucho conseguir uno que nos llevara, al dar la última curva antes  de llegar al hospital, me entro un miedo en el que sentí un hueco en el estomago, ya que no quería que los viejos se dieran cuenta había estado llorando de rabia odio e impotencia.

29 sept 2011

Aguaitacaminos/Chotacabras (cap. 6)




CAPITULO VI.

Caracas, me decepcionó desde el primer momento en que la vi. No es una ciudad de justicia Allí se evidencia la más aplastante diferencia entre las personas; es imposible sentirse “especial” en una ciudad que tan poco te da. 

Quizás el injusto era yo, quizás extrañaba los grandes espacios de Guayana. Me impresionaba ver cómo, al entrar a los barrios, se veían justo -del otro lado de la autopista- grandes edificios de acero y cristal, aplastando la esperanza de quienes querían ser “especiales”. Sin duda, yo quería ser uno de esos “especiales”; esos contrastes existían de igual manera en Guayana, pero allá las cosas se veían diferente; quizás el hecho de ser una ciudad joven ayudaba a que quienes querían ser “especiales” tuvieran al menos la esperanza de serlo, quizás era eso lo que me deprimía de Caracas: siempre encontraría un gran edificio de acero y cristal que me decía a mí, y solo a mí, que jamás llegaría a ser “especial” en una ciudad donde los lugares de los “especiales” ya estaban ocupados. Había escuchado decir una vez: “es que en Guayana la gente pobre está disimulada en San Félix, desde Chiríca hacia adentro” seguido por un coro de risas. 
Guayana es una ciudad que no aplasta la esperanza de quien quiere ser “especial” y eso me hacía sentir bien, quizás la ausencia de edificios de acero y cristal hacia que los escondidos fueran otros, a lo mejor que tanto los “acomodados” como los pobres vistiesen casi iguales no marcaba diferencias entre los que querían ser “especiales” y quienes tenían la posibilidad de serlo, quizás era simplemente el calor. La única ventaja que tenía Caracas y aún conserva es su memoria colectiva. 
El viejo me explicó muchas veces lo de “memoria colectiva de las sociedades” , todos recuerdan con exactitud lo que hacían en un momento histórico, de esos que marcan como un surco los cerebros. Para él, una de esas veces fue el asesinato de J.F. Kennedy. Me contó que discutía con Urrutia diciéndole que el estado comunista exaltaba la cultura de las persona mientras que el capitalismo la aminoraba. En ese momento, Nelson Salinas entró diciendo que en la radio anunciaban el atentado a Kennedy. Fueron muchos los momentos que hicieron ese “surco” en el cerebro del viejo. El y yo tuvimos uno de esos “surcos” en común, aunque para ese entonces yo vivía en Caracas y él en Puerto Ordaz. A ese “surco de Caracas” la misma gente le puso nombre “el 27-F”, no obstante para mí no fue solo un día, fue el inicio de un conjunto de días que rompieron mi estabilidad.

Ya estaba en el baño cuando sonó el radio-despertador; siempre en la misma emisora, parecía que todas las noticias giraban en torno a una mayor, las nuevas políticas económicas de gobierno eran el tema que centraba las atenciones, dentro de esto el decreto de aumento de pasaje de transporte, que no satisfizo a los transportistas, entendía el problema, creo que fue mi despertar de conciencia ante un hecho social y me posicionaba en la parte afectada, aun cuando se aplicaran, no me afectaría mucho, ya que me encontraba en la cómoda posición de recibir el dinero que el viejo me enviaba mensualmente. 

Algo inminente estaba por suceder pero no sabía exactamente qué ya los transportistas habían hecho varias huelgas circulando a "puertas cerradas”, asunto que no me incomodaba mucho ya que a la Universidad Central llegaba en Metro. Tenía por costumbre encontrarme con Héctor y Víctor en la entrada de la Universidad, más o menos a las 6 a.m. Era fijo, como un contrato tácito, nos juntábamos para beber un café antes de entrar a clases a las 7 a.m. Tenía un año viviendo en Caracas mantenido por los recursos que me giraba el viejo, siempre puntual. Sabía el tamaño del sacrificio que hacían ellos dos por mi; siempre se escucharon emocionadísimos en las llamadas que les hacía los viernes en la noche, queriendo saber todo lo que vivía en Caracas.

Lo que me confirmó que ese día en especial algo sucedería fue que la estaciones del metro estaban cerradas, y yo tenía que llegar a la Universidad ya que necesitaba, a como diera lugar, entregar un trabajo a Héctor. Eran diez cuadras hasta la entrada principal, allí podría aclarar todas las dudas que tenía respecto al funcionamiento del Metro.

Alquilaba un cuarto en una pensión para universitarios en la Avenida Lecuna, frente al Nuevo Circo de Caracas, por lo que solo camine un poco mas desde la Avenida hasta la entrada de la universidad, allí el escenario parecía tan normal que olvidé comentarle a los muchachos sobre la disfuncionalidad del metro, supongo que algo similar ocurrió con ellos, nos topamos con el profesor Sotomayor, comentó que en Guarenas habían fuertes disturbios, las busetas circulaban nuevamente a puertas cerradas y las personas les comenzaron a lanzar piedras, preámbulo de lo que sucedió.

Las clases fueron suspendidas. Al salir de la Universidad nos dimos cuenta que existía un ambiente de caos generalizado en la ciudad, o por lo menos es lo que se veía alrededor de la U.C.V., tomamos tácitamente la determinación de donde iríamos; Héctor vivía con sus padres en El Valle, seguramente allí también habrían problemas, pero por lo menos allí tendríamos comida para los días venideros, había mucha confianza y no necesitábamos hablar ciertas cosas. A Víctor y a mí nos tenían mucho cariño en esa casa; al salir de la Universidad nos cuidamos de no hacerlo por Las Tres Gracias sino por la Minerva, Avenida Los Ilustres por los Chaguaramos. Caminábamos por la avenida sin conseguir ninguna buseta; finalmente llegamos a “la Bandera” , pasaron tres llenas con gente colgando de puertas y ventanas, y sólo después pudimos subirnos a una. El chófer se detuvo porque los que estábamos en la parada comenzamos a hacer una barricada, de lo contrario no habría parado. El hombre asustado nos dijo cuando abrió la puerta que nos subiéramos pero que no se la quitáramos, la gente subió sin decir nada. No se llenaron todos los puestos y nos indicó que no volvería a parar a pesar de las barricadas. Y se llevaría a quien sea por delante, maldijo ese día y le escuché decir que mataría a quien tratase de quitarle la buseta. El hombre era un manojo de nervios. Después de dos cuadras, sentí a mi lado un sonido seco en la lata de la buseta, idéntico al ruido que hacían las bombas de agua que en carnaval solían reventarse contra las carrocerías. La diferencia es que esta vez el ruido era ocasionado por piedras, las piedras en el latón sonaban exactamente igual, hasta que una de esas “falsas bombas de agua “entró por una ventana haciendo ruido de vidrios de seguridad rotos que cayeron sobre mí. No sé por qué motivo aguante la respiración, el chofer de la buseta soltaba maldiciones jurando que en la próxima barricada buscaría pasar y llevarse por delante a uno de esos “tira piedra”. La locura colectiva se manifestó cuando una señora le pidió al chofer que parara entre una barricada y otra para bajarse. Al frenar además de las personas que venían corriendo a lanzar piedras contra la buseta, también quienes bajaban comenzaban a arrojarlas sobre ella.

-¿Coño, gordo, pero qué le pasa a esta gente si venían aquí?

Preguntó Héctor entre sollozos. Me di cuenta que una de las piedras que había entrado por la ventana, le había rozado la cara, rompiéndole un cristal de los lentes, esta había hecho un pequeño rasguño que se extendía medio centímetro por la comisura del ojo. La sangre se veía realmente escandalosa, pero yo había aprendido desde niño, que la sangre en un rostro pálido parece el doble y aún más en la cara.

Después de la última parada donde se repitió una vez más la estúpida rutina de los mismos pasajeros agarrando piedras para lanzarlas contra la buseta que los había trasladado, pude ver que el corte de Héctor en su cara no era tan profundo, solo le extendía la comisura del ojo más hacia atrás; Víctor estaba una fila de asientos más adelante hecho un bulto entre rezos y sollozos, ya solo quedábamos nosotros tres y a toda velocidad sorteábamos grandes peñascos puestos en el suelo. Me incorporé haciendo un poco de equilibrio. Le dije al microbusero que solo quedamos tres pasajeros antes que me recriminara por el comportamiento de los que se bajaron anteriormente:

- Jefe, nosotros no somos como los demás.
- Amén m´hijo, me dijo con más exigencia que agradecimiento.
Solo doscientos metros más adelante vi una gran barricada y escuché al chofer decir:

- Coño esta es grande!

Estaba además prendida en fuego y las llamas de lejos se suponían más altas que el techo del la buseta. No queríamos que el bus parara. Me quedé junto al chofer, quien al sentirme a su lado, aceleró aún más. Le dije sin despegar la mirada de las llamas y con la voz quebrada.

- Yo me quedo contigo, jefe!

Continuó acelerando. Cuando faltaban unos diez metros para atravesar la barricada me agaché sobre él mirando hacia abajo y empujando la cara de él encima del volante. Afinqué mi mano para que el bus no perdiera estabilidad ni dirección, me lo había pensado con anterioridad como si hubiera ensayado lo que iba a hacer. No sé si fue la misma barricada o una roca que levantó la buseta. El golpe me tiró hacia atrás en salto. Fue exactamente como en las películas, para mi todo transcurrió en cámara lenta. Caí dando golpes previos con mis hombros en las asas de hierro de los asientos, justo sobre el torso de Héctor que soltó todo el aire de sus pulmones. Pude ver cómo el techo celeste del bus se ponía, poco a poco, del color de las llamas de la barricada, sentí calor en las mejillas, contuve la respiración. Héctor se quejaba intentando decirme algo, me quedé en la misma posición hasta que el chofer me dijo:

- ¡PASAMOS NEGRON!!!!! (Ya me había puesto nombre).

Pude poner algo de atención a lo que Héctor me decía: 

- ¡Bájate, gordo! (Mientras trataba de recuperar algo de aire.)

El bus pasó por la lluvia de piedras que estaba después de la barricada. Sabíamos que eso pasaría ya se había repetido la lluvia de piedras en las tres anteriores pero esta fue la más fuerte que todas. A pesar de eso nos tranquilizó pasar vivos esa gran barricada incendiada. La lluvia de piedras rompió las últimas ventanas que quedaban, el chofer encontró un portón de un estacionamiento abierto, como si lo conociera, metió la buseta y apagó el motor que sonaba como si se hubiera fundido Nosotros nos habíamos incorporado y sentado agarrados del respaldo de asiento de adelante. Parecíamos niños en edad preescolar a los que envían por primera vez a un sitio que no es su casa. El chofer se volteó, me miró a los ojos y me dijo:.

- ¡Gracias, Negrón! Ahora bájense que el paseo terminó.

Estábamos a menos de dos cuadras de la casa de Héctor. Caminamos atemorizados escuchando disparos, gritos y sirenas, cualquier ruido nos alteraba y nos hacia girar la cabeza con miedo, aunque estos fueran ruidos cotidianos. Llegando al edificio, me sorprendió sobremanera ver a César Ojeda (presidente del centro de estudiantes de la Universidad y vecino de Héctor) en la tarea de dirigir el saqueo de un abasto, mientras el dueño que era un portugués, estaba de pie con los ojos llenos de lágrimas mirando cómo sus vecinos le robaban el trabajo. César con algo de cinismo le dijo:

- Tu saca la cuenta, portu! 

Me dio vergüenza ver al portugués. Me sentí culpable y solidario con su desgracia, comenté mientras subíamos por el ascensor que nos llevaba a la casa de Héctor. Una cosa era saquear un gran supermercado y otra bien diferente era joderle la vida a un vecino. En ese momento pensé en el viejo y me entró una sensación extraña por los talones. Como si tuviera que salir corriendo a algún sitio pero me calmé pensado que sólo era una humilde tienda de música: la gente no come instrumentos, y me tragué mis palabras cuando repetí hacia mis adentros que una cosa era saquear abastos y otra bien diferente saquear instrumentos. Además pensé que en Guayana estas cosas no sucedían, me acordé que el viejo me decía una y otra vez que esas son las ventajas de vivir en provincia Junté esos pensamientos para calmar mi preocupación, no quería imaginármelos en una situación similar a la del portugués del abasto.

En casa de Héctor nos prepararon rápidamente campamento en la sala para Víctor y para mi, había sido una mañana difícil. Su familia y nosotros tres no nos despegamos del televisor hasta más allá de las once de la noche. Las noticias se repetían de un canal a otro y junto a lo que se escuchaba de los vecinos del edificio nos advirtió que sería pésima idea salir.

Al otro día, me levanté temprano a preparar algo de café y vi que en el mesón de la cocina estaba un montón de bolsas de mercado sin guardar, no quise preguntar si lo habían comprado. Graficar a los padres de Héctor saqueando en el abasto del portugués, era un pensamiento que bloquee inmediatamente. Me asomé a la ventana para despejar esas ideas de mi cabeza y fue cuando vi lo más bizarro que hubiera podido ver en esa situación: un hombre que caminaba arrastrando la pierna junto con un saco, se sentó en un banco de una placita. Era un recoge-latas, que tomaba de su saco, una pieza entera de jamón de rebanar. Con los dientes intentaba quitar el plástico que recubría el jamón que empezó a comer a mordiscos. Pensé que esos saqueos realmente eran la materialización de esas películas de zombis y que estaba viendo a uno de ellos comiéndose un trozo de su víctima. Me di cuenta que Víctor se asomaba a mi lado por la ventana y con risa, más nerviosa que de otra cosa, me preguntó qué comía ese. Al cabo de unos veinte minutos, dejó ese jamón en el asiento casi entero con los pocos bocados que pudo comer.

Sentí el ruido de gente levantándose en ese pequeño apartamento. Héctor fue el primero. Pasó directo a la cocina y comenzó a preparar algo de comer, le pregunté sobre las bolsas de supermercado que estaban en la cocina y me respondió encogiendo los hombros. En ese momento me volví a preocupar por los viejos, quería decirles que yo estaba bien, esta vez estaba pendiente de la preocupación que ellos tendrían por mí. Pero el teléfono en casa de Héctor estaba cortado, tendría que esperar por lo menos tres días para poder comunicarme con ellos y tranquilizarnos mutuamente. Imaginaba cómo la vieja Cristina, entre sollozos de alivio y preocupación, me regañaría por tenerlos en la incertidumbre de no dar noticias mías.
Mi viejo Lorenzo que es más tranquilo, se preocuparía primero por saber si estoy bien y al asegurarse de que yo no estuviera metido en “peloteras de esas”. Es así como me imaginaba el guión, pero tendría que esperar por lo menos tres días más. No nos atrevíamos ni siquiera a ir a los teléfonos monederos que estaban a una cuadra del edificio ya que los policías habían recibido órdenes de “disparar a matar”.

De ahí en adelante no quise ver más noticias ni ver al presidente justificar las medidas económicas adoptadas. Solo restó esperar . Hicimos la rutina de lectura-conversaciones con el papá de Héctor, comer y especular sobre los ruidos de disparos y gritos anónimos que venían de la calle.

Pasados esos tres días, pude finalmente regresar a la pensión. Ahí el señor Pino (dueño de la misma) me esperaba con algo de preocupación, las cosas habían estado muy violentas por esos lados, pero nadie se metió con la humilde pensión de un viejo, aunque la gente en la calle estuvo tan alterada que ni siquiera respetaban un carrito de perros calientes. 

Para las llamadas telefónicas Don Pino, tenía un sistema de mensajes, donde en formatos continuos, anotaba todo con perfecta caligrafía en esos pequeños papeles. Pero no los dejaba jamás por debajo de la puerta, le gustaba entregarlos personalmente.

- Esta tutti desesperato (me dijo)

Aunque jamás prestaba el teléfono de la pensión, esta vez él mismo me ofreció para usarlo.

Debía hacer dos llamadas una para la casa de Doña Aida (vecina de los viejos que tenia teléfono) esperar tres minutos para que pudiera avisar y llamar después nuevamente. A mi segunda llamada, contesta la vieja con ese acento sureño que se le marcaba aún más cuando estaba preocupada.

- Puchas, m´hijito ¿Dónde andaba usté metío?
- Hola, tía (la vieja me pidió una vez que le dijera así, si es que no podía decirle mamá), perdona por no llamar antes pero es que esta vaina aquí era un desastre.

- ¡M´hijito, pensamos que le había pasao algo!
- No, tía, estoy bien. Solo hoy pude salir de casa de Héctor.
- ¿Pero usté no anda en eso de los saqueos?!
- ¡Tía, a mi no se me ocurriría, a ver si me dan un plomazo!
- Pucha, m´hijito, su papá está muy angustaio por usté.
- ¿Qué le pasa al tío? (al viejo Lorenzo también lo llamaba así por petición)
- Es que está aquí a mi lao, pueh!, Y quiere saber de usté!
- ¡Pásamelo!
- ¡Mi negro!
- ¿Tío, cómo estás?- Bien negro, bien, ahora más tranquilo que hablo contigo.
- Supongo que allá no pasó nada, tío.
- Noo… sii…. casi na´ la verdad.
- ¿Pero como casi nada?!¿Pasó o no pasó?
- Sí pero too se puede arreglar.
- ¿Qué pasó? Sonido de silencio al otro lado del teléfono,,¿! Papá?! (Así le llamaba al viejo cada vez que me asustaba)
- Nada, m´hijito, lo importante es que usté y nosotros aquí estamos vivos y bien.
- ¿Pasó algo con la tienda?
- Sí, pero poca cosa.
- ¡Papá!!? ¿Qué pasó??¡¡¡
- Problemas con unos vecinos, que quisieron robar, pero casi ná.

Sentí por el teléfono la mirada silente de Cristina sobre Lorenzo, el escalofrío me llegó de nuevo a los talones con la misma urgencia de correr, esta vez hacia ; ya estaba casi a final de mes y no tenía dinero, solo lo pensé pero no le dije nada al viejo. Iba y regresaba el silencio a través de la línea telefónica.

- ¡Negro!
- Dime, papá, yo te escucho
- Mañana te deposito lo del mes Quédate tranquilo que la Cristi y yo aquí estamos bien.
- Si, yo estoy tranquilo. Los llamo mañana.

Supe que no me querían decir nada, tampoco iría a forzar a los viejos para que me dijeran qué es lo que sucedía, sabía que algo grave pasaba, pero no la magnitud de la gravedad. Las noticias decían que también habían ocurrido disturbios en Puerto Ordaz, pero no hubo ninguna imagen más que la misma foto que se ponía de Guayana (el dibujo de un Tepuy) cada vez que se hablaba algo del sitio, por lo que fue imposible saberlo, lo único que me tranquilizó en alguna forma fue el saber que ambos estaban bien.

Pasaron cuatro días más, no había entrado en contacto con Víctor ni Héctor, en realidad con nadie de la Universidad, así que no sabía si había clases o no. La verdad era poco lo que quería hacer ya que mis esfuerzos por estudiar no llenaban mis expectativas ni las de nadie. Decidí entonces faltar un semestre y aprovechando que tendría dinero que el viejo me había depositado, me fui a Puerto Ordaz, a ver qué sucedía en casa.

En los primeros viajes que hice hacia Caracas iba acompañado del viejo, él notó que no podía dormir, además los viajes son de noche y uno llegaba de madrugada, era mucho mejor que viajar de día. Entonces, él me enseñó a entretenerme con los recuerdos, como si fueran libros; así podría pasar horas como si viera una película una y otra vez, como un trance. Más de una vez lo vi así, susurrando detrás del mostrador de la tienda. Me fui ese día a sacar dinero y a comprar el pasaje al Nuevo Circo que me quedaba justo enfrente.










17 jul 2011

"AGUAITACAMINOS/CHOTACABRAS" (cap.5)


CAPITULO V

Sentado en el suelo de cemento de la plaza,  le aplanaba las nalgas que servían de  almohada para su  ancho torso, las piernas cruzadas, y las manos apoyadas en sus tobillos escuchaba una vez más un fragmento de la novena sinfonía, con los ojos cerrados, involuntariamente ponía expresiones en su cara con cada nota, alguien había reparado hace dos domingos atrás  de las expresiones de la cara de un minero que no faltaba a ninguna de las presentaciones, pronto el evento tenia que ver mas por las expresiones que  ponía Lorenzo que por los mismos toques, el no lo sabia por lo tanto no lo disimulaba para nada, solo ese día en que su éxtasis arranco risas colectivas se dio cuenta, que todos reían de él, todos menos los músicos. Lorenzo tuvo necesidad de desaparecer bajo la tierra, estar metido en su mina lejos del alcance de las miradas burlonas o quizás transformarse ipso facto, levantarse quitarse la ropa anónima que lo vestía y mostrar debajo de ella un elegante frak de ejecutante, transformarse en el director de la orquesta, eso les enseñaría a los tontos que reían que se trata de sensibilidad musical y no otra cosa que cause esa estúpida burla de la cual era blanco. Nada de eso ocurriría, el seguía ahí sentado sin poder irse;  largarse de ahí  seria aun más humillante, además que no perdería un concierto solo por unas estúpidas burlas, solo esperaba a que cesaran; se balanceaba de atrás hacia adelante mirando  con recelo al resto de la estúpida audiencia, mirando hacia derecha e izquierda solo quedaban fuera del alcance de su vista los pies de quien estaba de pie a su lado , pies a los que miraba con desprecio ya que seguramente los dueños de esos zapatos tan elegantes y pulidos se burlaba también, solo bastaron cinco minutos para que la música lo envolviera nuevamente y volvió a sus expresiones de notas, aunque sabia que le miraban y se burlaban de el,  incluso exageraba las caras, mientras mas se rieran mas estúpidos serian quienes se burlaban, en una pausa de la música abrió los ojos y se dio cuenta de unos ojos color miel se le clavaban en los suyos, junto con  media sonrisa, no era de burla, era diferente, pensó que quizás  era dirigida hacia alguno de los que estaban de pie a su lado,  pero era poco probable ya que era el único sentado en el suelo y la mirada estaba dirigida hacia el , su timidez lo llevaría a desviar la mirada hacia sus calcetines, cuando levanto nuevamente la cabeza volvió a ver esos insistentes ojos color miel  con las cejas levantadas le daba aún mas timidez apartar su mirada que mantenerla ya que seguramente le  estarían mirando otra vez, tarde se dio cuenta que había comenzado la ultima parte del concierto, para lo que necesariamente volvió a cerrar los ojos, no para volverse a concentrar en la música sino para escapar de la insistente mirada de esa chica que clavaba los ojos en los de él, solo paso un minuto , volvió a abrir los ojos buscándola nuevamente y ahí estaba ella no se despegaba de su mirada,  comenzaba el himno a la alegría, y cerro los ojos por ultima vez, (pensó en monologo).

- pucha y si sigue mirando!
- La mirai puh hueon y le sonries!.
- Es que va a pensar que me gusta!
- Debe estar mirándote justo ahora.
- ¿Y voh pensai que no te mira?

Aguanto los ojos cerrados todo lo  que le permitió su curiosidad, al abrirlos de nuevo ya no  la vio, había desaparecido en el pequeño tumulto de gente  que esta por detrás de los ejecutantes, algún dejo de decepción le asalto en pensamientos,  se pregunto  si no habría soñado con  esos ojos,  los comenzó a buscar a escrutar desde su incomoda posición explorando las caras que alcanzaba a ver, hasta que en un segundo barrido de su mirada con la boca abierta y con cara de tonto, la encontró, fue automático verla mirándole y cerrar la boca, cosa que causo una pequeña risa  en ella,  ya no volvió a cerrar los ojos, no se atrevía a correr   el riesgo que ella quisiera "escapar" y  perderle de nuevo,  los fijo en los de ella haciendo nuevamente sus ademanes, en lo que comenzó el himno ella le sonreía con todos sus perfectos dientes, el continuaba con sus expresiones como un triunfo a su timidez, levantando las cejas y haciendo muecas con cada nota, esta vez mucho más abiertas mucho mas expresivas, mucho mas efusivas!, ella entendía cada una de las notas y casi aplaudía a Lorenzo no a la banda, había una comunicación especial a través de la música que hizo íntimos a ese par de desconocidos, algo que no fue entendido por el resto de la audiencia ya que nadie prestaba atención a Lorenzo, ni a sus ridículas expresiones, solo escuchaban al pequeño grupo que tocaba la parte mas álgida  final del  ultimo recital de ese verano en la plaza, Lorenzo sabia exactamente que hacer al final de la ejecución, tomo conciencia, que la música estaba apunto de terminar, había mucha gente que imitaba a Lorenzo, quien fue el primero en acercarse a hablar con los ejecutantes, el comenzó a ponerse de pie  sacudiéndose el polvo que se había pegado a sus nalgas, se  acercó a su amigo Celso para conversar algo con él, el único gesto de arrogancia que podría demostrar  era precisamente ese, que ella viera de debajo de esa ropa humilde había alguien un poco más "conectado" en el acto que ella fue a ver.
La gente empezó a desalojar la plaza, el se dirigió hacia  su amigo, que le cuestiono antes que  pudiera comenzar una conversación.

- ¿Y….  Lorenzo… juntaste tus papeles del liceo? (en tono de quien exige algo).
- Si ya los lleve a la rectoría, me dijeron que no había problema
-¿Con qué vai a comenzar?
- Con el Oboe! (Esperaba alguna recriminación de su amigo)
- Putas pero, es que  esto es pa alguien ya bien empezao en la música
- No, si me meto, es pá empezar con  el Oboe ,  si no, no hago ná.

Mientras hablaba Lorenzo cabeceaba mirando a un lado y a otro a ver si ella continuaba por  ahí, pero el movimiento de la multitud lo hizo imposible, se había perdido. Penco era un  poblado relativamente chico, a ella no la había visto nunca antes, seguramente pariente de alguna familia  de vacaciones en la casa. Se volteo finalmente hacia su amigo y le repetiría la retorica que había ensayado, cuando la vio a ella caminando hacia él, por un momento se apago la voz de su amigo, y comento en voz baja con los dientes medio cerrados.

- chucha  viene pa acaaa!

Cristina interrumpió la conversación mirando  fijamente a Lorenzo que se puso pálido, iba a empezar a tartamudear alguna tosca galantería pero no le salió palabra de la boca, apenas la mandíbula moviéndose casi tiritando.

Cristina - Oye mi tía dice que si vay a llegar temprano pa comer?!.
Celso - No se todavía si los demás cabros se van a reunir o no, dile que  me deje algo de comida.

Cristina hablaba con Celso Pero miraba a Lorenzo coqueteando.
Celso se dio cuenta de las miradas y miro con malicia a Lorenzo…  - Oye Lorenzo esta mi prima!, llego de Punta Arenas hace dos días.
Lorenzo- Mucho gusto señorita bajando la cabeza demostrando más  humildad que galantería.

Cristina le extendió la mano delicada que el sin darse cuenta apretó demasiado, casi dio un quejido de dolor por el  apretón, pero supo disimular, recomponiéndose le hablo a su primo.

 - Oye ya puh, dime de una vez, no vis que los tíos se van y despueh  yo no se llegar sola.
- Ya oye, anda a buscarlos y pregúntales si se van a quedar por acá cerca de la plaza.

Cristina salió corriendo dándole un pequeño empujón a Lorenzo, ella ya había terminado el liceo hacía un año, pero aun conservaba ese aire de adolecente colegial, con el cabello largo y muy peinado hacia atrás sujetándoselo con un gancho, mostraba toda su cara desnuda.

Lorenzo la siguió con la mirada la  vio alcanzar a la familia de Celso  en la esquina de la plaza, casi donde no había luces de calle, hablo algo  con la jefa de esa familia, a lo  que vio al jefe de la familia asentir, su esposa mirarlo quizás cuestionándole su determinación, unos niños  se le colgaban de los brazos a Cristina, después continuaron y se perdieron  de vista por la calle oscura mientras Cristina corría nuevamente en dirección de Lorenzo y su primo.

Celso continuaba explicándole a Lorenzo lo difícil de su instrumento cuando la prima interrumpe la conversación:

- Oye. Viste? los tíos ya se fueron! y ni se si se pa´ donde!
Lorenzo- pero no los viste?
- No!, respondió mintiendo Cristina.
Celso -Pucha Cristina yo no te puedo llevar pa’ la casa, los cabros ya me dijeron que se iban a reunir y no puedo ni quiero faltar!
Cristina (mirándolo) pero aun hablando con su primo. - ¿viste? , Y a hora como hago yo?!
Antes que Lorenzo se ofreciera para acompañar a Cristina, Celso le increpo a su prima.
- Y yo como hago?, pensó rápidamente, y le dijo a Lorenzo con ojos de picardía.
- Lorenzo! (con voz de mando), voh estai exonerao de la reunión de hoydia, es pa’ puros estudiantes y voh todavía ni entrai, así que tenis como misión acompañar a mi prima, hasta la casa!

El bus en el que viajaba Lorenzo hacia Antofagasta cayo en un bache de la carretera que despertó a Lorenzo de su sueño/recuerdo de ojos abiertos,  no tenia nada con que distraerse por eso usaba sus recuerdos como distracción, se abstraía tanto en ellos que a veces era sorprendido interpretando sus diálogos ,, viviéndolos nuevamente, mirando  a través de las personas o a través  de los objetos, le entró de nuevo la inquietud de que es lo que haría al llegar a Antofagasta, pensaba en como estaría la situación allá, también pensó que quizás  el golpe no "había ocurrido",,  que Antofagasta   no seria como Santiago no tendría esa presión de militares y carabineros, Antofagasta estaría IGUAL.

 Se quedo entre dormido con ese pensamiento, llevaba ya dos días viajando y conocía su propia rutina de viaje, se quedaría dormido unos minutos y después mal despertaría  y con la cabeza atontada por el mareo de bus y el sueño se abstraería nuevamente.

Paseando en la plaza como todos los domingos, era rutinario ver a los solteros caminar haciendo circulo en una dirección dela plaza y a las solteras en dirección contraria, Lorenzo hacia mucho que ya paseaba con Cristina de su brazo, en el centro de la plaza, le contaba de nuevo como era trabajar en la mina, como su abuelo se había enojado con él, cuando decidió abandonar la mina, pero que el viejo le quería mucho y antes de irse le había regalado su guitarra con el estuche verde que tanto le gustaba, también le contaba de pormenores de la universidad, el consideraba que la universidad y la música eran su manera de escapar a la mina,  a pesar que ya no entraba en esa mina hacia 2 años, cada día fuera de ella era como un regalo para Lorenzo,  también comentaba pormenores de la universidad, le comento de su afición a  asistir a esas reuniones del MIR, que le eran mas entretenidas que las del PC. Cristina le recriminaba a su amigo  y le pedía que dejase de asistir a tanta reunión con esos "comunachos”, ya que eso  un día le podría traer problemas. Lorenzo no escuchaba lo que Cristina decía, ya era imposible disimular que tras tan larga amistad "especial", el enamoramiento por  su amiga, pero no tenia el valor de decírselo, ella confiaba paciente en que en algún momento el tomaría la determinación.  Fue un domingo de esos cuando Lorenzo determino al ir a buscarla a casa de sus tíos, esperándola en la esquina que  irían al cine y  no pasearían por la plaza, no le declararía su amor en la plaza;  sentía que todos se iban a reír de el,  por lo tanto el cine era el sitio mas adecuado, además, la oscuridad ayudaría con el beso. 

En el cine, Cristina sabia y no dejaría pasar también la oportunidad fingiendo mucho frio se recostó del amplio pecho de el, a Lorenzo no le quedo otra mas que pasar el brazo por encima de los hombros de ella, sosteniendo el envoltorio de cabritas con la otra mano, se mantenía rígido sin atreverse a mover un solo musculo, mas pendiente de Cristina que de la película.

- Dame cabritas - dice Cristina con voz dulce.

El trató de pasarle el paquete, pero ella acomodo su cabeza mas alto en su pecho y abrió la boca, a Lorenzo le tembló la mano y supo que tenia que hacer; afortunadamente para él, el cine era bien oscuro y no se le notaria tanto el nerviosismo, recordaba las palabras pícaras de su abuelo cuando le decía: "es que en lo oscuro del cine pasan unas cosas", Cristina se impacientaba y el  no determinaba, en lo que se inclinaría un poco hacia adelante para salirse un poco de esa posición que incomodaba su espalda se apoyo en el sin dejarle salida, se volvió a inclinar y se encontró con la boca de   ella a centímetros de sus labios, solo cerro los ojos y finalmente la beso.
 Lorenzo sabía  y así le había enseñado su abuelo que una señorita decente había que pedirle que fuera su polola (novia).

- Ya la parte mas difícil del beso ya esta hecha (pensaba en monologo).
- La parte mas dificil?-  si casi que te da el beso ella hueon!
- Nooo!!!! si se lo di yo !.
- Claaaro pero mah ayudao!
- Ya poh no seai mal educao. Dile ahora!
No se había percatado que la película estaba en un momento de suspenso donde la música era muy baja y los actores no hablaban.

Finalmente  le pidió que fueran pololos, los nervios le  hicieron que se lo dijera como una orden! y casi gritado, el sostuvo la respiración, esperando que nadie halla escuchado su grito dentro de el cine, y por tres segundos pensó que así era, pero fue en ese momento que una voz anónima grita.

- Guena Lorenzo por fin  hueon oh!!!!!

Una carcajada generalizada distrajo a todos de la película y se escucharían otras burlas adicionales que le avergonzaría aun más.

- Si no se lo pedis, los de la mina te la bajan! ….. (Más  carcajadas.).

Lorenzo ignoro las risas y todas las demás sandeces quedo mirando a Cristina que  sonriendo le dijo si, tocaría ir a hablar con los tíos, los padres de Celso, para poderla ir a buscar a su casa en calidad de pololeo serio, esa parte le seria mucho mas fácil, sabia que no tendría problemas para que le  dieran ese permiso, a la salida del cine camino muy altivamente saludando a las personas que salían también del cine y miraban maliciosamente, Lorenzo ya no tuvo de que sentir vergüenza, iba del brazo   con su polola formal.

En el bus la sonrisa de Lorenzo era la misma que tenia a  la salida del cine, no se dio cuenta  que estaban en un paso de control, el bus se había detenido para dejar subir a   un militar que vería a quienes viajaban en el bus, todos miraban con algo de recelo al hombre que tenia colgado  un fusil en su hombro, excepto Lorenzo que miraba a través de ese militar con una gran sonrisa tonta en su cara.

Al llegar a pensión de doña Martha, Cristina salió a recibirlo en un abrazo de desesperación e incertidumbre, aunque ya había hablado con él hasta que no lo viera no estaría convencida que estaba completamente bien, caminaron hasta la pieza con ella colgada de su brazo, el  realmente no necesitaba dormir y ella lo Sabia, aunque era de día  le pidió que se pusiera el pijama para acostarse a dormir,  Lorenzo  se dejaba atender por Cristina, eso a ella la tranquilizaba, pero como durmió se quedo mirando el techo con la intranquilidad de no saber que hacer, por lo menos ya estaba junto a Cristina eso ya era un problema menos para ambos, pensaba en no decirle nada a ella hasta haber ido primero a la escuela de música, pero eso solo le causaría mas  angustia  e indudablemente Cristina lo notaba, era domingo  así que seria el mejor día para informar de todo a Cristina.

Ella  entró en el cuarto sin hacer ruido pero el continuaba despierto mirando el techo, estuvo así dos horas tratando de quitarse el mareo del bus, la vio inclinarse guardando ropa de cama  en un cajón del closet, el se sentó en la cama que parecía aun ordenada aunque el estuviera bajo las sabanas y colchas.

- Cristi ..!!
- Qué hacis despierto gordo? - sentándose a su lado
- Yo creo que lo de Santiago ya no va a ser posible.
Puso la mano en la mejilla de el con una sonrisa compasiva.
- Si ya me imaginaba gordo!
- Oye en el bus escuche que decían que hay tanto preso que están usando el estadio nacional para ponerlos.
- Seguro que a todos los que iban a las manifestaciones.
Se produjo un  silencio  que dejo a ambos pensando.
- Hay sabido si pasa algo en la escuela de música?
- No he sabido nada, ni he visto a nadie de ahí.
- El lunes voy a ir, aunque me hubiera podido inscribir en Santiago igual tenia que volver y dar clases hasta Diciembre.
- Gordo no va a ser peligroso?
- Pero por qué va a ser peligroso ir donde trabajo?!

Lorenzo se encontró en su sala habitual con, solo la mitad  sus alumnos,  que copiaban  en silencio lo que estaba anotado en la pizarra mientras,  el no decía nada y solo mantenía la mirada perdida y la cara sin expresión, Ricardo Huenchucheo lo saco de ese estado hipnótico con una pregunta, parpadeo se restregó los ojos y continuaba explicando, era notoria la ausencia de varios profesores, los colegas que estaban asistiendo a clases todos se encontraban en una especie de trastorno depresivo, miedo  y angustia se respiraba en los pasillos nadie comentaba nada, eso le llenaba de dudas y por supuesto que era contagiado por ese conjunto de emociones, aislados cuchicheos de pasillos a los cuales el no se acercaba quizás por miedo, quizás por precaución, su clase había terminado los alumnos  desalojaron la sala, sin embargo el continuaba ahí sentado mirando hacia la nada misma. Al otro día se dirigía como autómata hacia la escuela había escuchado en chismorreo de pasillos a unos colegas comentar entre ellos:

- No, si mañana ya dejo de venir.
- No, si yo tampoco vengo mas.

Supuso que lo que sucedió, la  semana siguiente fueron menos profesores, no  tubo oportunidad de hablar con el director, Juan Rojas, quien en circunstancias normales le habría preguntado por su  propio interés sobre el resultado de su viaje a Santiago, pero el también estaba sumido en pensamientos y sus propias preocupaciones del momento.

El lunes de la semana que siguió, llego hasta la puerta de la escuela,  una camioneta de  carabineros estaba frente a la escuela  y varios uniformados en las oficinas administrativas revisando carpetas y documentos, Lorenzo respiro profundo y en ese momento, tomo la misma determinación de no ir mas a la escuela de música, continuo caminando por la vereda de enfrente a la escuela como si se dirigiera a otro sitio, llegó a la plaza Colón y ahí se sentó con su portafolios en las rodillas y pudo pasar todo el día mirando hacia el vació, sin ser interrumpido por nadie, concentrado en la nada misma.

Aquella misma noche regreso a la pensión, tarde como jamás había llegado, Cristina lo esperaba sentada en la cama de su pieza, preocupada, el entró y no saludo  solo la miró y se sentó junto a ella.

- Esta custion se fue a cresta!
Cristina solo lo escuchaba.

- Hoydia la escuela fue intervenida por unos carabineros, lo mejor va a ser que no vaya más por ahora.
- ¿Y que vai hacer entonces?
- No se, a lo mejor dedicarme a otra custion.

Cristina temía la determinación tomada por Lorenzo y no quería siquiera pensar en eso, pero en su casa siempre le enseñaron que lo que decidiera su marido eso es lo que se tendría que hacer, aunque eso no fuera del entero agrado de ella. Solo pasaron dos semanas cuando Lorenzo había encontrado trabajo en una pequeña mina relativamente cerca de Antofagasta, no fue necesario mudarse de la pensión ya que la mina quedaba a penas a 25 kilómetros  de la ciudad, no hubo inconveniente en encontrar ese trabajo ya que contaba con experiencia y habían puesto vacantes, aunque el sabia que contaba con el apoyo de su esposa sabia perfectamente la angustia que le causaría a ella el hecho que se metiera en un hoyo, desaparecer por el ascensor hasta la profundidad  lo hacia sentirse con un dejo de protección que también protegía a su Cristina, pero aunque le tocase turno el sabia que ella no dormiría hasta verlo llegar a su pieza nuevamente, ese cambio tan brusco de ser la esposa de un profesor de la escuela de música y ejecutante de la filarmónica a ser la esposa de un minero, fue demasiado brusco para Cristina, sobre todo por la incertidumbre que le causaba que su marido fuese a tener algún accidente mientras trabajaba debajo de tierra, había oído de boca de doña Martha, como  todos los hombres de una familia, uno a uno desde abuelos has hijos se dejaban la vida en esas  minas.

Seis meses de incertidumbre habían pasado, Cristina aunque no quería cuestionar a Lorenzo, se preguntaba todos los días porque había tomado esa determinación tan radical hasta que ese día doña Martha le toco la puerta de la pieza:
- Preguntan por uste choa Cristina.
- ¿Quién será?
- No se, unos carabineros parece!

En la sala de pensión se encontraban unos supuestos carabineros vestidos de civiles con más aspecto de matones que de policías,  no se identificaron de ninguna manera con placas o con documentos.

- Es usted la esposa de Lorenzo Tapia?
- si señor así es!
- Tenemos información que su esposo no se presenta en su trabajo hace más de seis meses!
- ¿Pero cómo?...  si mi marido sale todos los días al trabajo, señor..!
- Si señora! su esposo no va a dar clases hace mas de seis meses!!!
- Clases? - una sonrisa se dibujo en la cara de Cristina -  pero si mi marido es minero!-
Los policías comenzaron a perder la paciencia.
- Señora es usted o no es usted la esposa de Lorenzo Tapia??!!!
- Si señor soy yo la esposa de Lorenzo Tapia.
- Pues su marido hace mas de seis meses que no va a dar clases señora!!!!!!
- Perdón es que tiene que haber una confusión,  mi marido  no es profesor, es minero!
- Su esposo no es profesor en la escuela de música señora?,, (ya con aire de estar aburrido de la conversación)
- En  escuela de música?! -entre sorpresa  y risa-, pero si mi esposo trabaja en la mina!, ya se lo dije señor! 
- Bueno vamos a revisar su pieza!
- Revise nomas si nosotros no tenemos ná que esconder!

Los dos hombres que tenían mas aspecto de mafiosos que de policías fueron junto a Cristina su pieza y empezaron a vaciar todos los cajones mirando rápidamente documentos y tirándolos encima de la cama igualmente hicieron con la ropa de el y de ella que estaba en el closet, no encontraron nada, ya que Lorenzo se había encargado con anterioridad de extinguir cualquier nexo que hubiera podido tener con la música o la escuela de música o su beca en Santiago.
Entonces la mirada de unos de esos hombres se sostuvo en el estuche verde de la guitarra de Lorenzo.

- ¡Y esa guitarra???!!!
Cristina por un momento se sintió angustiada, pero inmediatamente con una sonrisa en la cara quizás más de compasión por lo estúpido de la pregunta, le respondió.
- una guitarra no mah!  Señor!

El otro agente un poco mas experimentado se dio cuenta que quizás los datos que tenían no eran del todo exactos, le hizo una seña con la mirada al otro para que salieran ya de ahí.

- Mire señora dígale a su marido que a lo mejor venimos a hablar con el, después!
- Bueno pero tienen que avisar con un poco anticipación, ya que el a veces trabaja por turnos  de noche.

Los hombres abandonaron la pensión,  después de haber ordenado la pieza entera de guardar la ropa y los papeles que habían tirado sobre la cama, Cristina se pudo abandonar al llanto y la desesperación, sola en su pieza.